Edilman dejó la toga encima de la silla. Ya he hablado con el juez, me dijo, y no pone objeción a que te quedes en mi lugar. No te preocupes, no tienes que hacer nada. Y estuve sentada durante horas delante de aquellas nueve caras -y dos suplentes- que se habían acostumbrado a verme al fondo de la sala. Con mi metro sesenta, mi flequillo de dibujito manga, mis vaqueros caídos, la camisa escotada y de mangas fruncidas, y la gran toga negra de Edilman. Rodeada de señores Letrados, rigurosamente encorbatados y engominados, de mirada altiva, y discutiendo con Su Señoría sobre cuestiones formales. Todo tan políticamente correcto.
Estuve durante horas observando cada detalle desde una silla de despacho, con ruedas, que movía de un lado a otro, posición privilegiada, como en el palco presidencial de un campo de fútbol, como en la primera fila de un teatro o en la última de un cine. Los gestos, las manos, las miradas, las muecas, los sudores, los temblores. Estudiando las nueve caras -y dos suplentes- que, durante los primeros minutos de la segunda parte, me examinaron a mí con curiosidad. Sin entender, quizás, porqué había pasado del último banco a tan pocos metros de ellos, porqué me sentaba ahora entre dos sobrios y circunspectos abogados -yo tampoco acaba de apreciar la obligatoriedad de mi presencia allí-.
El militar, levantaba una ceja y sostenía mi mirada.
La ama de casa repetía experiencia.
La maruja de la esquina izquierda, la rubia, no paraba de cotillear con el chico de los ojos verdes.
El chico de los ojos verdes intentó ligar conmigo días antes en la puerta. Lástima que fuera uno de ellos.

(Señor Letrado, perdone la interrupción. Pero tenemos que cambiar el CD... Continúe. Gracias.)

La ingeniera, volvía la cara hacia quien hablaba en ese momento si la sorprendía mirándome y ponía gesto de prestar la más absoluta e incondicional atención a las calificaciones.
El tendero parecía escuchar y entender de verdad.
La estudiante de quinto año de derecho se aburría cual cangrejo en un cubo de plástico, y asentía convencida, frunciendo el ceño, cada vez que alguno de los abogados decía “a vuestra portavoz no debe escarpársele este importantísimo detalle de carácter procesal...”. Se le escapaban. No se le escapaban.
El funcionario tomaba notas encarecidamente.
La de la esquina derecha mascaba chicle para toda la sala. Y pescaba atunes en vez de pensar el veredicto.
Y los dos suplentes, claro.
El jurado popular.